POR UNA MEJOR FAMILIA MEXICANA

 

www.emergencia.org.mx           Mar. 01 2010    Boletín No. 1026

La fortaleza y los niños. Parte I

José Antonio Alcázar

Un hijo fuerte es el capaz de realizar esfuerzos sin quejarse, como levantarse a su hora, estar estudiando el tiempo previsto, cumplir sus compromisos aunque no tenga ganas, soportar un pequeño malestar sin quejas... Sin embargo, la fuerza de voluntad es una de las grandes carencias de la juventud de hoy en día.

Es necesario, más que nunca, ayudarles a generar esa energía interior, básica para afrontar las dificultades, retos y esfuerzos que la vida plantea continuamente. Para que los hijos desarrollen su propia personalidad y resistan las influencias negativas del ambiente y la tendencia natural a la pereza, necesitan de esta energía interior. Este es el modo de conseguir una vida que valga la pena.

Por lo tanto, la fortaleza y la capacidad de esfuerzo resultan imprescindibles en la educación. Son como el cimiento de los demás valores: si no hay esfuerzo, no es posible adquirir un valor. En un ambiente como el actual, donde se reciben tantos influjos (y algunos muy negativos), la fuerza de voluntad es esa fuerza interior que les ayudará a vivir con dignidad de personas. De este modo, los hijos adquieren madurez y responsabilidad.

Exigencia de padres

El desarrollo de la capacidad de trabajo y esfuerzo (y de sus valores relacionados como la constancia, perseverancia, paciencia, etc.) vendrá de la mano de una exigencia adecuada por parte de los padres. Exigir a los hijos cuesta esfuerzo; parece que todo va a ser más rápido y menos conflictivo si los padres cargan con todos los esfuerzos, renuncias y sacrificios...

Sin embargo, si privamos a los hijos de oportunidades para esforzarse, de las exigencias, no se desarrollarán como personas. Y llegarán a la adolescencia sin una base para resistir tranquilos a los problemas de esa etapa.

Algunas veces, los padres (con un cariño mal entendido) pretenden evitar a sus hijos las dificultades que ellos tuvieron que superar en su juventud. Los protegen y sustituyen, llevándoles sin darse cuenta hacia una vida cómoda, sin exigencias, donde por poco o nada de esfuerzo consiguen todo lo que quieren... Pero, más que proteger a los hijos para que no sufran, se trata de acompañarles y ayudarles para que puedan superar el sufrimiento. Y esta es tarea de los padres.

Periodo sensitivo

Entre los siete y los doce años transcurre el periodo sensitivo de estos valores, y es el momento para que los hijos se esfuercen. A esa edad, los niños pueden adquirir los hábitos con mayor arraigo y naturalidad. En el día a día de la convivencia familiar, y mediante pequeños esfuerzos (adecuados a su edad y personalidad) podemos hacer de ellos personas acostumbradas a enfrentarse y superar las dificultades que exijan empeño y esfuerzo.

Si ahora dejamos de lado este importante aspecto de su educación, cuando 1legue la adolescencia nos encontraremos con que no se dejan exigir. Probablemente entiendan lo que les decimos y les gustaría actuar así y hacernos caso... Pero no tienen la fuerza y el entrenamiento necesario para conseguir esas metas. Y se encontrarán a un paso de caer en la comodidad, como forma de vida.

Con razones

Para que los hijos adquieran el hábito y la capacidad de esforzarse como algo personal, es necesario que entiendan por qué tienen que sacrificarse, renunciar a lo más cómodo, etc. Es el modo de que, por lo tanto, quieran hacerlo por ellos mismos y no únicamente cuando lo digan sus padres. Durante estas edades, los motivos no pueden ser muy elevados porque no los comprenderían.

El ejemplo de los padres puede ser un motivador crucial: han de observar la alegría en los sacrificios, para que no vean este valor como algo pasado y desagradable. Quejarse del trabajo, o de los esfuerzos que es preciso realizar, contribuye a crear un ambiente familiar contrario a la fortaleza. 

Continuará

 Lic. Rosa Elena Ponce V. 

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