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José Antonio Alcázar
Pero también el reconocerles y valorar positivamente
cuando se han vencido en algo que les costaba esfuerzo
les ayuda a adquirir este valor. Como por ejemplo, si le
pagamos con una sonrisa al “aguantar la sed”durante una
excursión o viaje; o al dejar la ropa preparada por la
noche...
Pero, hay que fomentar especialmente la motivación
interna: la satisfacción de la obra bien hecha, la
alegría del deber cumplido. Aunque, cuando son pequeños,
también les ayuda otros motivos: satisfacer a los
padres, vencerse a sí mismos, que los demás tengan buena
imagen de ellos, etc.
Vida cotidiana
Existen muchas oportunidades en la vida cotidiana de la
familia para que los niños se ejerciten en el valor de
la fortaleza. Resistir un impulso, soportar un dolor o
molestia, superar un disgusto, dominar la fatiga o el
cansancio, acabar las tareas encomendadas en el colegio
o cumplir el tiempo de estudio previsto antes de ponerse
a jugar, cumplir los deberes familiares con constancia,
etc.
Hay que procurar, sobre todo, que los hijos sean capaces
de emprender acciones que lleven consigo un esfuerzo
prolongado. Es mejor que pongan la mesa todos los días a
que un solo día estén toda la mañana ayudando en la
cocina, por ejemplo. Esta es la razón por la que la
práctica deportiva frecuente es un medio muy adecuado
para promover la fortaleza. Haciendo deporte, los hijos
e hijas han de superar la fatiga y el cansancio, llegar
hasta el final con perseverancia, superar adversidades,
etc.
Valores relacionados
Junto a la fortaleza, o capacidad para realizar
esfuerzos sin quejarse, sin amilanarse ante los
problemas, encontramos otros valores relacionados:
La valentía. Consiste en tener decisión y empuje, de
modo que los"miedos" infundados no atenacen la
personalidad. Los hijos han de ser capaces de "dar la
cara" cuando sea necesario, sin acobardarse por las
opiniones de los demás o por vergüenzas tontas.
La audacia. No tener miedo a los riesgos ni al fracaso,
que para una persona fuerte no es más que una
experiencia de la que puede aprender. No se trata de
empujar a los hijos a la temeridad, sino de ayudarles a
no ser cobardes ni tener miedo al ridículo. Sólo así
serán capaces de comprometerse en empresas valiosas.
La serenidad y la paciencia. De modo que no se
desmoronen ante la contrariedad o los pequeños
contratiempos e imprevistos. Sin perder la calma si las
cosas salen mal. La paciencia tiene mucho que ver con la
paz interior, con la serenidad, con la seguridad.
Planes de acción relacionados con la fortaleza:
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Enseñar a no quejarse.
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Enseñar a hacer pequeños sacrificios para la buena
marcha de la casa o de la clase.
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Exigir que se acabe lo que se comienza.
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Aguantar la sed en una excursión o el calor del verano,
o el cansancio, sin irlo pregonando cada dos minutos.
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Superar, si aún perviven, los miedos infantiles de
quedarse solo o a oscuras, la vergüenza para hablar, o
para reconocer la propia culpa, o el sentido del
ridículo.
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No patalear cuando las cosas no salen como quisiéramos,
o al sufrir cualquier contratiempo (por ejemplo, si se
pierde en un juego).
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Adoptar posturas conectas en clase y en casa, no
tumbarse.
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Procurar comer de todo y terminar toda la comida.
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Hacer los deberes antes de ponerse a jugar.
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Levantarse a una hora fija y cumplir un horario.
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Hacer bien los trabajos y tareas.
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Cumplir el encargo en el momento previsto para ello,
aunque no tenga ganas.
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Participar en un equipo deportivo.
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Marcarse pequeñas metas y cumplirlas.
Lic. Rosa Elena Ponce V.
rosyponce@emergencia.org.mx
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