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Ángeles Burguera
Pero las mejores ganancias vienen de la exclusividad. La
relación afectiva garantizada por el pacto matrimonial
supera cualquier otra, no sólo en los aspectos más
íntimos -la promesa de estabilidad reduce la
incertidumbre- sino también en el apoyo constante en los
momentos de dificultad o tensión.
"El matrimonio y la familia -afirman las autoras-
proporcionan un sentido de dependencia, el sentido de
amar y ser amado, de ser absolutamente esencial para la
vida y la felicidad de los demás". Esto da una
perspectiva diferente para afrontar los problemas que
uno encuentra, "porque hay personas que dependen de ti,
que cuentan contigo o se preocupan de ti".
Al otro lado de este marco de ventajas, hay que situar
el escaso apoyo externo a la estabilidad matrimonial. De
hecho, la mayoría de las guías para el divorcio e
incluso de los manuales terapéuticos para los
estudiantes aconsejan no considerar o minimizar el
posible efecto negativo sobre los hijos, a la hora de
aconsejar sobre la continuidad de un matrimonio.
Quizá uno de los aspectos más interesantes del libro sea
la refutación -con datos- de la idea de que, si el
matrimonio va mal, el divorcio es la mejor solución
también para los hijos. Las autoras citan un estudio en
el que se analizan las características de más de dos mil
personas casadas, a lo largo de quince años.
En la mayoría de los casos se llega a la conclusión de
que tanto un matrimonio desgraciado como un divorcio
reducen el bienestar de los hijos, pero, a largo plazo,
el divorcio lleva a relaciones más problemáticas entre
padres e hijos; aumenta la probabilidad de que los hijos
se divorcien a su vez, y reduce también las
posibilidades de éxito en la educación y en la carrera
profesional de los hijos.
Divorcios inexplicables para los hijos
Un estudio más profundo de los efectos del divorcio
distingue entre dos tipos de situaciones: los divorcios
que ocurren en matrimonios con alto nivel de
conflictividad y los que tienen lugar en hogares en los
que las discusiones o la violencia no aparecen más que
raramente.
"En el primer caso, los hijos pueden experimentar el
divorcio -al menos psicológicamente- como un alivio; en
el segundo, la experiencia de la ruptura familiar les
supone un desastre absoluto e inexplicable", se
concluye.
Y lo peor es que, entre los entrevistados, "sólo un
treinta por ciento afirmaron haber tenido más de dos
discusiones serias el mes anterior al divorcio". Los
datos resultan claros: "La mayoría de los divorcios en
los que hay niños implicados no rompen matrimonios
desastrosos sino matrimonios que, desde el punto de
vista de los hijos, son, al menos, suficientemente
buenos".
Waite y Gallagher señalan también el papel que han
tenido los abogados norteamericanos en la
flexibilización de la legislación divorcista, hasta
conseguir el divorcio unilateral, y sin necesidad de
alegar ninguna causa.
Con la reforma introducida en Estados Unidos, resumen
las autoras, "se requieren dos personas para casarse,
pero sólo una para divorciarse a cualquier hora, por
cualquier motivo y tan rápido como los tribunales puedan
dividir las propiedades o definir a quién corresponde la
custodia de los hijos".
Todas estas amenazas están bloqueando el descubrimiento
de las ventajas del matrimonio y hacen prevalecer una
mentalidad defensiva.
La falta de interés hacia el matrimonio se refleja en la
disminución de ayudas específicas para la familia basada
en el compromiso matrimonial. La presión de algunas
minorías combativas hace parecer discriminatorio el
establecimiento de políticas favorables al matrimonio
-es un asunto privado, de dos adultos, en el que nadie
tiene derecho a intervenir-.
Continuará
Lic. Rosa Elena Ponce V.
rosyponce@emergencia.org.mx
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