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Colaboración: Rigoberto Villalobos
Cuando llegué a casa esa noche y mientras mi esposa
servía la cena, la tomé de la mano y le dije: “Tengo
algo que decirte”. Sólo se sentó a comer en silencio. Yo
podía observar el dolor en sus ojos. De pronto ya no
sabía cómo abrir mi boca. Pero tenía que decirle lo que
pensaba: “Quiero el divorcio”, le dije lo más suave que
pude.
Mis palabras parecieron no molestarle. Al contrario, muy
tranquilamente me pregunto: “¿Por qué?” Evité su
pregunta con mi silencio, esto la hizo enfurecer. Tiró
los utensilios y me gritó: “¡No pareces hombre! Esa
noche, ya no hablamos más. Ella lloraba en silencio. Yo
sabía que quería saber qué le había pasado a nuestro
matrimonio. Pero yo no hubiera podido darle una
respuesta satisfactoria. Mi corazón ahora le pertenecía
a Heloisa. Ya no amaba a mi esposa, ahora, ¡sólo me daba
lástima!
Con un gran sentido de culpa, redacté un acuerdo de
divorcio en el que le cedía nuestra casa, nuestro auto y
un 30% de las acciones de mi empresa. Después de leerlo,
ella lo rompió en pedazos. La mujer que había estado
diez años de su vida conmigo ahora era una extraña. Me
sentí mal por todo ese tiempo y energía que desperdicio
conmigo. Todo eso que yo nunca le podría reponer. Pero
ahora ya no había marcha atrás, yo amaba a Heloisa. Por
fin mi esposa soltó el llanto frente a mi, eso era lo
que yo esperaba desde el principio. Verla llorar me
tranquilizaba un poco, ya que la idea del divorcio que
me preocupaba tanto, ahora era más clara que nunca.
Al siguiente día, llegué a casa muy tarde, ella estaba
en la mesa escribiendo algo. Yo no había cenado, había
pasado un día muy intenso con Heloisa y tenia más sueño
que hambre, y mejor me retire a dormir. Desperté en la
madrugada y ella todavía estaba escribiendo. La verdad
no me importó, sólo me acomodé de nuevo en la cama y
seguí durmiendo.
En la mañana me presentó sus condiciones para aceptar
divorciarse: No quería nada de mí, pero necesitaba, que
un mes antes de firmar el divorcio, tratáramos de vivir
una vida lo más normal posible. Sus razones eran
simples: nuestro hijo tenía unos exámenes muy
importantes en ese mes y no lo quería mortificar con la
noticia del matrimonio frustrado de sus padres.
Esto era algo en lo que yo también estaba de acuerdo.
Pero había más, me pidió que me acordara cómo la cargué
el día de nuestra boda. Quería que cada día de este mes,
la cargara de nuestro cuarto hasta la puerta de la casa.
Pensé que se estaba volviendo loca, pero decidí aceptar
este raro requisito con tal de que este mes pasara sin
más peleas o malos momentos.
Le platiqué a Heloisa de las condiciones que puso mi
esposa. Se rió bastante, y pensó que era absurdo. Dijo
en tono burlón: “No importa los trucos que se invente,
tiene que aceptar la realidad de que se van a
divorciar”.
Desde que le expresé mis intenciones de divorcio mi
esposa, no tuvimos ningún contacto intimo. El primer día
que la cargué, se me hizo un poco difícil. Nuestro hijo
nos vio y aplaudió de felicidad al vernos y dijo: “Papá,
me da gusto que quieras mucho a mi mamá”. Sus palabras
me causaron un poco de dolor. Desde nuestra habitación
hasta la puerta de enfrente, caminé como diez metros con
ella en mis brazos. Ella cerró sus ojos y me dijo al
oído, que no le dijera nada al niño del divorcio. Me
sentí incomodo, la bajé y ella caminó al autobús para ir
a dejar al niño. Yo manejé solo a mi trabajo.
Continuará
Lic. Rosa Elena Ponce V.
rosyponce@emergencia.org.mx
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