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Por Ingrid Kossmann.
Tomado de Escuela de Familias
“No veo la hora de llegar a casa” decimos y anhelamos un
lugar de sosiego donde podamos sacarnos los zapatos y
aflojarnos.
Llegar a casa, es poder ser nosotros sin formalismos ni
almidones. Deseamos llegar a un hogar donde el ambiente
esté cálido, la comida en la mesa y en el que alguien se
alegre de nuestra presencia.
Muchos de nosotros procesamos las vivencias del día en
la charla con nuestros seres queridos. Al relatar, nos
escuchamos, y podemos aliviarnos y aprovechar mejor
ciertas experiencias. La charla habilita un espacio de
mayor comprensión de uno mismo y simultáneamente ofrece
la posibilidad de brindar atención y afecto a otra
persona.
El niño -o la niña- llega a casa deseoso de contar sus
logros escolares o deportivos. Llega con hambre y ganas
de ver su programa favorito. Si al llegar recibe un
beso, un oído atento, si cuenta con alguien que se
alegra por sus alegrías y se compadece de sus pesares,
va cimentando su autoestima y alimenta su sentido de
pertenencia. Se siente amado.
El adolescente llega a casa sobrepasado de emociones. La
noche, la calle y el mundo son sus nuevos espacios y lo
seducen y también le hacen pasar malos ratos. Llega
cansado, desconectado de sí mismo, con sueño, en las
nubes por su nueva conquista o traspasado de furia por
una situación injusta o tal vez satisfecho por un logro
alcanzado. Llega a casa como a un refugio, no quiere
preguntas y menos reclamos, quiere paz, quiere sentirse
aceptado y aprobado. Él ya tiene suficientes dudas como
para escuchar los temores de sus padres.
Los adultos llegamos a casa deseando paz, planeando la
comida a preparar y el uso del escaso tiempo del que
disponemos. El deseo de llegar a casa es un anhelo de
calor si tenemos frío, de consuelo si estamos dolidos.
Es un anhelo de bienestar, de contención. Es un anhelo
de hogar.
¿Cómo construimos un hogar? Porque está claro que no es
suficiente una casa para que exista un hogar.
Necesitamos crear un entorno personal y familiar,
disponer recuerdos y adornos que tengan significado para
nosotros. Hace falta generar un espacio donde nos dé
gusto estar y que se irá llenando de afecto con nuestras
vivencias, con los momentos gratos que allí compartimos.
Construimos hogar dándole valor a cada una de las
personas con quienes convivimos, demostrando interés por
su bienestar y honrando los vínculos que nos unen. Lo
hacemos con pequeños actos cotidianos tales como dar un
beso a quien llega, ofrecer una taza de té, poniendo una
flor en la mesa, abrazando con amor, acompañando en
silencio, escuchando sin juzgar, diciendo “te quiero
mucho”, ocupándonos de que haya alimentos sabrosos,
celebrando los cumpleaños, despidiéndonos con cariño
cada noche y saludándonos con alegría cada mañana.
Antes era la mujer la encargada de todo esto, ahora se
abrieron las posibilidades. Todos podemos crear hogar y
mantener la llama encendida. ¿A quién no le gusta que le
lleven un café o un té a la cama? ¿o recibir un
regalito sorpresa? ¿Por qué nos perderíamos de hacer
algo tan simple y que da tanta satisfacción? Podemos
empezar hoy.
Cada uno de nosotros puede hacer que “llegar a casa” sea
una experiencia placentera y deseada. ¡Suerte!
Lic. Rosa Elena Ponce V. |