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Ingrid
Kossmann
Estar atentos a él o ella, facilitarle las rutinas
cotidianas. Ayudarlo a cuidar su cuerpo y sus emociones.
Estimularlo a que duerma suficientes horas,
prepararle alimentos
livianos y nutritivos para fortalecer su salud. Tratarlo
con mucha amabilidad.
Tener presente que el dolor abrumador deja el alma hecha
añicos y que necesita un tiempo para recuperarse. El
duelo es un proceso, pasa por distintas etapas y
necesita meses de convalescencia. Podemos ayudar a
nuestro hijo sugiriendo que priorice las actividades
fundamentales y alivie la exigencia con las demás.
Acompañarlo más, evitar que pase mucho tiempo en
soledad. Proponerle dar paseos o hacer alguna actividad
juntos.
Decirle que sabemos que ahora se siente en el medio de
la oscuridad pero
que al final del túnel brilla la luz. Que “esto también
pasará” y que saldrá fortalecido de la experiencia.
Podemos
rezar y pedirle al universo, o al Dios de
nuestro entendimiento que nos ilumine y guíe en este
proceso.
En ocasiones, el dolor que padecen nuestros hijos no se
debe a una muerte. Tal vez no sepamos muy bien qué les
está
pasando
pues no hubo una circunstancia extraordinaria que nos
pusiera sobre aviso. Pueden estar conmovidos por un
desengaño afectivo, por estar atrapados por los celos,
porque un amigo los traicionó. Pueden estar angustiados
porque no consiguen empleo o porque no les va bien en su
trabajo.
Somos los padres los encargados de encontrar momentos
para conversar con nuestros hijos y enterarnos de cómo
se sienten, de qué los preocupa y qué les da
satisfacciones.
Con saber que se sienten apenados alcanza, a veces no
quieren contarnos la causa exacta de lo que los
preocupa. Igual podemos ayudarlos dándole valor al hecho
de que presten atención a sus sentimientos, a que se
hagan cargo de ellos, a que busquen maneras saludables
de expresarlos.
Podemos tranquilizarlos haciéndoles saber que en la
adolescencia y la juventud se está descubriendo el
mundo, aprendiendo a relacionarse con las parejas y los
compañeros
de trabajo. Remarcarles que en estas
relaciones el afecto amoroso y la competencia laboral
son muy movilizantes, que es bueno que se den cuenta
que algo le pasa al respecto y que presten atención a lo
que les sucede; que es necesario para conocerse a sí
mismos. También es una buena oportunidad para compartir
parte de nuestra experiencia. Lo que nos enojaba o
asustaba en nuestras primeras experiencias laborales y
cómo pudimos enfrentarlo. El valor de la honestidad en
las relaciones afectivas, que la intimidad se basa en
conocer al otro en profundidad y dejarse conocer por el
ser amado. Recordarle que la decepción y la pena son
parte de la vida. Ayudarlo a darse cuenta que él o ella
es mucho más que los sentimientos que lo embargan.
En fin,
cada
madre o padre tienen infinitas experiencias y maneras de
expresar su cariño.
Lo
importante
es que les transmitamos con claridad que sentir
dolor es natural en ciertas circunstancias. Que sabemos
que encontrarán consuelo y que cada experiencia les abre
nuevas puertas. Que pueden confiar en la vida, aún con
sus dolores. Que estamos allí para acompañarlos. Porque
los padres no podemos (ni es deseable que lo intentemos)
evitar que nuestros hijos sientan dolor, pero sí podemos
acompañarlos y sostenerlos mientras lo sufren.
Lic. Rosa Elena Ponce V. |