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www.emergencia.org.mx           Jul 28 2009    Boletín No. 872


 

 

 

Enfrentar el dolor. Parte II

Ingrid Kossmann 

Estar atentos a él o ella, facilitarle las rutinas cotidianas. Ayudarlo a cuidar su cuerpo y sus emociones. Estimularlo a que duerma suficientes horas,  prepararle alimentos livianos y nutritivos para fortalecer su salud. Tratarlo con mucha amabilidad.

Tener presente que el dolor abrumador deja el alma hecha añicos y que necesita un tiempo para recuperarse. El duelo es un proceso, pasa por distintas etapas y necesita meses de convalescencia. Podemos ayudar a nuestro hijo sugiriendo que priorice las actividades fundamentales y alivie la exigencia con las demás. Acompañarlo más, evitar que pase mucho tiempo en soledad. Proponerle dar paseos o hacer alguna actividad juntos.

Decirle que sabemos que ahora se siente en el medio de la oscuridad pero que al final del túnel brilla la luz. Que “esto también pasará” y que saldrá fortalecido de la experiencia.

Podemos rezar y pedirle al universo, o al Dios de nuestro entendimiento que nos ilumine y guíe en este proceso.

En ocasiones, el dolor que padecen nuestros hijos no se debe a una muerte. Tal vez no sepamos muy bien qué les está pasando pues no hubo una circunstancia extraordinaria que nos pusiera sobre aviso. Pueden estar conmovidos por un desengaño afectivo, por estar atrapados por los celos, porque un amigo los traicionó. Pueden estar angustiados porque no consiguen empleo o porque no les va bien en su trabajo.

Somos los padres los encargados de encontrar momentos para conversar con nuestros hijos y enterarnos de cómo se sienten, de qué los preocupa y qué les da satisfacciones. Con saber que se sienten apenados alcanza, a veces no quieren contarnos la causa exacta de lo que los preocupa. Igual podemos ayudarlos dándole valor al hecho de que presten atención a sus sentimientos, a que se hagan cargo de ellos, a que busquen maneras saludables de expresarlos.

Podemos tranquilizarlos haciéndoles saber que en la adolescencia y la juventud se está descubriendo el mundo, aprendiendo a relacionarse con las parejas y los compañeros de trabajo. Remarcarles que en estas relaciones el afecto amoroso y la competencia laboral son muy movilizantes,  que es bueno que se den cuenta que algo le pasa al respecto y que presten atención a lo que les sucede; que es necesario para conocerse a sí mismos. También es una buena oportunidad para compartir parte de nuestra experiencia. Lo que nos enojaba o asustaba en nuestras primeras experiencias laborales y cómo pudimos enfrentarlo. El valor de la honestidad en las relaciones afectivas, que la intimidad se basa en conocer al otro en profundidad y dejarse conocer por el ser amado. Recordarle que la decepción y la pena son parte de la vida. Ayudarlo a darse cuenta que él o ella es  mucho más que los sentimientos que lo embargan.

En fin, cada madre o padre tienen infinitas experiencias y maneras de expresar su cariño.

Lo importante es que les transmitamos con claridad  que sentir dolor es natural en ciertas circunstancias. Que sabemos que encontrarán consuelo y que cada experiencia les abre nuevas puertas. Que pueden confiar en la vida, aún con sus dolores. Que estamos allí para acompañarlos. Porque los padres no podemos (ni es deseable que lo intentemos) evitar que nuestros hijos sientan dolor, pero sí podemos acompañarlos y sostenerlos mientras lo sufren. 

Lic. Rosa Elena Ponce V. 

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