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Por: Lourdes Henríquez Díaz MA.
La relación que se da entre padres e hijos representa el
modelo para establecer las maneras como las personas
interactuarán con sus semejantes a lo largo de toda su
vida.
Las preferencias y los rechazos son un fenómeno común en
todo el género humano y la familia no es una excepción.
En días pasados le hacía la pregunta a un grupo de
jóvenes universitarios de ¿cuál persona real es tu héroe
o heroína predilecta? Y me sorprendió sobremanera que
los resultados fueran tan semejantes a una encuesta
similar realizada en Norteamérica. El 56 % decía que era
su padre o su madre y las razones para ello eran la
grandeza de los héroes es sacrificar su vida por el
bienestar de otros; me han cuidado, su dedicación en lo
que le gusta; salió de la pobreza extrema de manera
honrada; salió de los vicios porque se lo propuso; son
mi ejemplo; es una persona llena de amor, entre otras.
La realidad es que un ser humano no puede "controlar" su
vida afectiva de tal modo que sus sentimientos por todos
y cada uno de los miembros de su familia sean
exactamente iguales; por lo que cuando se le pregunta a
una persona ¿A cuál de tus padres quieres más? Se siente
sorprendida, incómoda e incluso angustiada.
La clásica respuesta casi es automática diciendo: "yo
los quiero a los dos igual". La realidad es que no es
una pregunta fácil de contestar. El que amemos más a
nuestro padre que a nuestra madre, requiere muchas veces
no solo de la aceptación de nuestra naturaleza humana;
sino también de una gran dosis de madurez y valor.
Tenemos que reconocer que efectivamente hay cosas en los
demás que despiertan nuestra preferencia o nuestro
rechazo y que esto también se aplica a nuestros padres.
La falta de aceptación de la realidad de las
preferencias y rechazos hacia los miembros de nuestra
familia, repercute negativamente en las relaciones que
se establecen en la misma; ya que si necesitamos
trabajar los sentimientos negativos que nos provocan la
conducta de un familiar; el primer paso para lograrlo es
reconocer el rechazo que nos provoca dicha persona a fin
de hacer algo para cambiarlo.
José tiende siempre a buscar las excusas más curiosas,
los pretextos más increíbles para explicar en forma
satisfactoria, por ejemplo, que aunque estudie en la
misma escuela con sus otros cinco hermanos, cada día en
el recreo comparte su merienda con María su hermana
menor.
La importancia de todo este asunto, no es, suprimir o
ignorar los sentimientos de preferencia que dicha
hermana despierta en ti, sino que al hacerlos
conscientes, puedas manejarlos adecuadamente de modo que
los mismos no sean un obstáculo para tu desarrollo
personal o tus relaciones con los demás. Podría por
ejemplo deformar tu persona al gastar energía en tratar
de ocultar dicha preferencia, porque si vienes de un
sistema familiar donde se te enseñó a apreciar como un
valor la justicia y la equidad en el trato con los
demás y te sorprende a ti mismo sintiendo una
preferencia por tu pequeña hermana que a todas luces es
diferente a lo que siente por tus demás hermanos; quizás
empiece a sentirte culpable y a mentir para poder
ocultar lo que consideras una falta grave. Tu realidad
difiere de tu ideal de persona y esa incongruencia, te
coloca en una posición de guerra contigo mismo. Era lo
que hacía en forma inconsciente un cliente; al tratar a
su hija menor preferida como la única referencia
importante a la hora de tomar decisiones e ignoraba las
opiniones de su propia esposa y de sus tres hijos
varones.
Continuará
Lic. Rosa Elena Ponce V. |