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Por: Lourdes Henríquez Díaz MA.
Las razones por la que un hijo prefiere a uno de los
padres en particular son innumerables y es la persona la
que elige el objeto de su predilección en el contexto de
sus sentimientos, su razón y de la situación particular
en la que vive
El sistema de relaciones dentro de la familia es una
coordinación de intereses. Cuando se interactúa con los
demás uno trata de sincronizar las propias preferencias
intenciones y expectativas con la de los otros
integrantes del sistema familiar. En las relaciones
humanas existe por tanto una interdependencia entre las
personas: Yo dependo de los demás para satisfacer mis
necesidades de afecto, reconocimiento, poder… pero por
otro lado los demás dependen de mí para satisfacer las
suyas.
Los distintos tipos de interdependencia desempeñan un
papel necesario en el desarrollo de preferencias y
rechazos dentro de la familia.
La interdependencia positiva lleva a comportamientos
cooperativos y la interdependencia negativa lleva a la
competencia, rivalidad, hostilidad y a veces a la
agresión.
Pensemos en el caso de la madre que se ve en la
necesidad de trabajar horas extras para poder costear
una carrera universitaria a su hijo. Si el hijo tiene a
su vez la meta de llegar a ser un profesional, la
interdependencia entre ambos será positiva. Las buenas
calificaciones del hijo refuerzan el afecto que la madre
siente por él. Asimismo, los sacrificios de la madre
para ayudarlo a estudiar aumentan el cariño que el joven
siente hacia su madre.
El mismo caso, siendo interdependencia negativa, el
resultado lleva a consecuencias diferentes. Así el
trabajo extra de la madre para pagar una carrera
universitaria se hace en vano, ya que, lo que su hijo
quiere hacer es pilotear un avión. Lo que traerá consigo
un deterioro en la relación de ambos.
Una antigua anécdota cuenta de una campesina madre de 12
hijos a la que en una ocasión alguien preguntó a cuál de
sus hijos prefería por encima de los demás. Su respuesta
encierra en su sencillez un mensaje profundo: "Al que
está ausente hasta que vuelve, y al que está enfermo
hasta que sana…"
La misma resume de una forma simple la necesidad de
tratar a cada hijo de acuerdo con sus características
propias y con las circunstancias particulares del
momento concreto que está viviendo. Me explico, no se
puede tratar un hijo pequeño, como un adolescente o un
adulto joven; en la medida que los hijos crecen
necesitan mayor libertad y la oportunidad de ensayar;
probar, cometer errores y por tanto crecer. Crecen las
responsabilidades y la libertad para hacerlo.
Un error muy frecuente que cometen los padres al tratar
de manejar este fenómeno consiste en querer tratar a los
hijos de un modo exactamente igual.
El ser justo y equitativo no está en darles a todos lo
mismo. La justicia se refiere, por ejemplo en dar a cada
uno de los hijos lo que merece y necesita, a la luz de
lo que más le conviene en forma integral. No podemos
tratar a nuestro dedo meñique del mismo modo que
tratamos el pulgar, puesto que probablemente nos lo
romperemos. Como dijo Aristóteles: "Es tan injusto
tratar a iguales en forma desigual; como tratar a
desiguales igualmente".
Es importante tratar a los demás en forma consistente,
lo que implica un conocimiento profundo del hijo, de sus
sentimientos, necesidades, anhelos, virtudes, defectos y
limitaciones. Ser justos en el trato con los hijos
adecuando nuestros actos de acuerdo con las diferentes
circunstancias y necesidades que se vayan presentando en
el curso de nuestra relación con ellos.
El conocimiento surge del trato continuo, de compartir
nuestro tiempo con la persona amada, de escucharla con
paciencia, de mostrar interés en aquello que le interesa
y de darnos generosamente. Es por eso que los terapeutas
de familia enseñamos a construir relaciones persona a
persona con cada padre para fomentar ese conocimiento.
Reconocer que existe un amor sensible, que hará que nos
inclinemos más hacia algún hijo en especial, tenemos
también un amor racional que es capaz de entender siendo
justos la necesidad de buscar el bien, la conveniencia y
la felicidad de todos y cada uno de los miembros de la
familia. Es este amor racional el que nos lleva a ser
consistente y justos en forma recíproca en el trato de
nuestras relaciones personales.
Lic. Rosa Elena Ponce V. |