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Rosa E. Ponce
Alguna vez te ha pasado que cuando vas manejando por las
calles de la ciudad, de repente te topas con un semáforo
en amarillo y tú, apara aprovechar mejor tu tiempo
aceleras para alcanzar a cruzar la calle. De repente,
escuchas la vocecita de uno de tus hijos pequeños (que
afortunadamente siempre están con uno cuando se les
necesita) que te dice. “Papá, te acabas de pasar un
rojo”. Tú rápidamente contestas: “No, el semáforo estaba
en amarillo” y él responde “No papá, yo vi cuando cambió
a rojo” En ese momento piensas: “¿Y ahora qué le digo?”
Nosotros como adultos educadores (padres o maestros)
tenemos la gran responsabilidad de formar. Un ser humano
cuando nace aprende de sus padres sus primeros valores,
actitudes y virtudes que guiarán su vida futura. Al
ingresar a la escuela ese aprendizaje se ve reforzado
por los maestros y autoridades de la misma. Por tal
razón tenemos el papel de servir de modelo a seguir para
los niños y niñas que se encuentran cerca de nosotros en
cualquiera de los dos papeles.
Esto en muchas ocasiones se nos olvida y provoca que les
estemos enviando a los pequeños mensajes incongruentes
entre lo que decimos y cómo actuamos. Podemos enseñarles
a nuestros hijos el valor de la honestidad y cuando
recibimos una llamada telefónica de alguien con quien no
deseamos hablar le decimos a nuestro hijo que diga que
no estamos ¿Qué pasó con la verdad? O bien, les pedimos
a nuestros alumnos atención y silencio para impartir
nuestras clases y cuando a nosotros nos toca estar
sentados en una conferencia y es otra persona la que nos
habla no ponemos atención y estamos platicando ¿Qué pasó
con el respeto? O ¿Nunca te ha sucedido eso?
Congruencia, esa es la clave de la educación, es la
palabra mágica para formar personas que desarrollen
valores, actitudes y virtudes para la convivencia basada
en el respeto, tolerancia, diálogo, justicia y ayuda
mutua.
Hoy más que nunca necesitamos hombres y mujeres de bien,
que no solo hablen de valores sino que vivan los
valores, es decir, hombres y mujeres virtuosos (porque
la virtud es la práctica de un valor positivo) que con
su ejemplo arrastren a las personas que los rodean a una
vida virtuosa también.
Así es que mis apreciables lectores, si desean tener
éxito en la educación (formal o familiar) debemos tener
una vida CONGRUENTE, es decir, que lo que pensamos,
decimos y hacemos sea una misma cosa y den el mismo
mensaje a nuestros hijos y nuestros alumnos.
Lic. Rosa Elena Ponce V.
rosyponce@emergencia.org.mx
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